aniversario
80
GARA. 2016/07/30 IƱaki EgaƱa @InakiEgana
MƔs de una vez
me pregunto si de verdad nuestra sociedad estĆ” tan imbuida en esos recuerdos que, a fuerza de aniversarios, recuperamos para el presente. Generaciones que no han conocido el pasado, ni siquiera el cercano, embargas por el dĆa a dĆa, por códigos que van a velocidad de vĆ©rtigo, incluso por el nihilismo, Āæcómo recogen el mensaje de quienes continuamente hacemos un repaso atĆ”vico a la fuerza de los nuestros en tiempos ya lejanos? ĀæSon sombras, son fantasmas, son iconos, son referencias?
La verdad es que sigo sin respuesta. Y no la tengo, porque en mi juventud, a pesar de que la distancia cronológica era sumamente inferior, aquellas cuitas de la guerra civil pertenecĆan a mi paleolĆtico personal. El presente era mĆ”s atractivo, de lucha y compromiso, y el pasado residĆa inmóvil. No habĆa saltos, de una crónica se brincaba a la otra, Ā«era consecuencia deĀ», nos decĆan los mayores. Y asĆ serĆa. ĀæPensarĆ”n los jóvenes de hoy en las mismas claves? Al parecer, no.
Viene esta reflexión a cuenta de las decenas de actos repartidos por los cuatro territorios de Euskal Herria que se estĆ”n celebrando estas semanas con relación al 80 aniversario de aquel golpe de estado que derivó en una guerra civil. Me llama la atención semejante avalancha de actividades, de reivindicaciones, de llamadas a recuperar un pedazo de nuestra historia que nos lo habĆan hurtado. Como tantos.
Y me llama la atención porque los aniversarios históricos entre nosotros han sido muy contados. Los de la pérdida de los fueros, los natalicios del santoral, los de una u otra batalla contra el invasor incluidas las dinÔsticas y, mas recientemente, las institucionales durante el siglo XX a los «morts pour la patrie» al norte de la muga. Poco mÔs.
Por eso, los aniversarios de la asonada fascista y su repercusión en la represión generalizada, en el intento de «solución final» para el conflicto territorial y humano, se han convertido en una novedad. Una novedad que no deja de causarme perplejidad, porque ese fenómeno social ha llegado para quedarse entre nosotros como una particularidad que, con el poso que va dejando, se ha introducido en nuestro tejido identitario.
Han pasado 80 años y, sin embargo, los actos en recuerdo de aquello que aconteció a partir de 1936 van «increscendo» Son superiores a los que se celebraron hace cinco años, en el 75 aniversario, mayores sin duda a los de los 70 años, y diferentes a aquella iniciativa del 50 aniversario cuando la izquierda abertzale y otros colectivos llamaron a conmemorar en Gernika el bombardeo, con unas jornadas internacionales inolvidables. Del 25 aniversario, en pleno franquismo (bajo el lema insultante de «25 años de paz») mejor ni hablar.
Y en esta particularidad, que convierte a Hego Euskal Herria en una singularidad dentro del Estado español, con decenas de grupos locales, estudios e investigaciones, y sobre todo, homenajes colectivos, populares e institucionales, la marea es tan notoria como diversa. Con la excepción de los herederos del fascismo y diversos medios de comunicación incómodos que tratan de invisibilizarla, la realidad se convierte en innegable. La sombra de 1936 es corta, parece de ayer y no de hace 80 años.
En Nafarroa Garaia, los actos durante este verano de 2016 con la referencia de las consecuencias de una guerra que no existió en su territorio sino en claves de venganza y represión generalizada, han superado con creces a cualquier otra actividad popular. De Urduña piden perdón a Otxandio, por una distinción de época franquista al responsable del bombardeo que acabó con la vida de decenas de niños, en Beasain acuden a recordar las primeras ejecuciones franquistas, en Markina organizan el Ahaztuen Oroimena y en Donostia una iniciativa popular revive la victoria de las milicias populares contra los sublevados en el cuartel de Loiola, provocando una contraprogramación municipal por parte del equipo de gobierno (PNV-PSOE) que no quiere ser ajeno a esa marea. En Azpeitia, su consistorio ha coordinado un homenaje al surgimiento de las Milicias Vascas (Eusko Gudarostea) que se concentraron por primera vez en aquella población en 1936 cuando los vientos de guerra se diseminaron por los rincones de nuestra tierra. Con la particularidad que han logrado reunir a los familiares de los primeros muertos abertzales en la contienda, militantes entonces de PNV, ANV, Jagi y ELA. Un acto simbólico sin precedentes
Semejante evolución, semejante concentración de actos y homenajes a 80 aƱos de lo sucedido, cuatro generaciones, parte de un gran olvido previo al que no son ajenas las instituciones vascas surgidas en la Transición, a la muerte del dictador. Los pactos de aquella Transición tutelada suponĆan el manto sobre las sarracinas franquistas, el olvido. El Punto final. Quienes lo avalaron tuvieron una gran responsabilidad polĆtica. Valoraron la coyuntura de unas semanas por encima del juicio a la dictadura. Como en la cita bĆblica en la que Jacob compró la primogenitura de EsaĆŗ por un plato de lentejas, la mayorĆa de las formaciones que habĆan sufrido la dictadura en sus propias carnes, abandonaron a los suyos, a los que les habĆan precedido, por la legalización y la posibilidad de participar en el circuito electoral de 1977. Aquello fue una gran prevaricación.
Nadie, excepto alguna que otra iniciativa popular, quiso dar el primer paso, abrir la lata y destripar las razias de la dictadura, sus alianzas, sus silencios. Nadie puso en danza al franquismo, a la modificación de los códigos vitales de varias generaciones que fueron capadas en su desarrollo humano. La reciĆ©n estrenada autonomĆa vasca, despuĆ©s del Estatuto, tuvo una oportunidad de oro para marcar tambiĆ©n una diferencia con otros territorios del Estado. Y, sin embargo, no lo hicieron.
Nadie tuvo la perspectiva histórica y polĆtica de retomar aquello de lo que tanto se habĆa hablado en la clandestinidad, en el exilio. La difusión de la verdad, el seƱalamiento de los verdugos, de sus familias polĆticas. El franquismo, polĆtico y sociológico, siguió desfilando, en cambio, con la cabeza bien alta por las alamedas de la reciĆ©n estrenada Ā«democracia espaƱolaĀ». Todas las aventuras republicanas, opositoras, revolucionarias incluso, fueron arrojadas al baĆŗl de los recuerdos.
Recuerdo aĆŗn que en una reunión que se celebró en Madrid en 2003 entre decenas de grupos estatales que trabajaban en ese escenario que comenzaba a denominarse Ā«memoria históricaĀ», que el PSOE aĆŗn se mostraba reticente, a pesar de estar en la oposición (gobernada entonces Aznar), a abrir esos espacios. Ā”HabĆan pasado 67 aƱos del golpe de 1936! Cuatro aƱos mĆ”s tarde, en 2007, ante el impulso de las asociaciones y diversos movimientos populares, el Gobierno de Zapatero aprobaba la timorata Ley de Memoria Histórica.
Los pasos que se han ido produciendo, la extensión del activismo memorialĆstico han sido un gran ejemplo de cómo el movimiento popular puede modificar una actitud contraria y cerrada de las instituciones. Cómo todavĆa se pueden romper los lazos y acuerdos de aquella Transición que, a pesar de 40 aƱos de su inicio, aĆŗn nos atenaza en numerosas cuestiones.
Han pasado nada menos que 80 aƱos del inicio de aquella masacre colectiva y, sorprendentemente, la activación de aquellos recuerdos componen una de las crónicas mĆ”s enĆ©rgicas de un movimiento popular que no encuentra enganches de referencia de la envergadura de las luchas contra la nuclear, la autovĆa o el pantano de Itoiz. Es un movimiento que, en esta ocasión, lleva una pelea por lo simbólico. Una nueva novedad en el patio polĆtico vasco.
Y, mÔs importante aún. Que no busca, en contra de la tendencia social general, un resultado en primera persona, un beneficio inmediato personal y colectivo. Sino la reparación de una gran injusticia, la visivilización de la infamia que sufrieron nuestros antepasados y sus valores.